Nuevo amanecer, nuevo día, nuevo rumbo y nuevos planes que nos regalas en este día, para vivirlo con alegría y con mucho optimismo. Tenemos salud y tenemos vida llena de optimismo. Bendito seas, Señor. Hoy queremos reafirmarte nuestra entrega y disponibilidad y con fuerza decimos que creemos en ti, que la sinceridad de nuestra fe debe ser avalada por nuestras obras. Ayúdanos a ser siervos sabios y fieles, de fe firme y de ferviente amor, que sigamos tu ejemplo. Tú nos ha llamado a la vida para ser felices nosotros mismos y para hacer felices a nuestros hermanos. Haznos conscientes de nuestra responsabilidad para con los demás. Ayúdanos a ser fieles siervos, cuya fe en ti se haga visible en obras de sincero amor, de entrega y disponibilidad.
«Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás». Con estas palabras del salmo 144 te damos gracias y proclamamos las maravillas de tu amor. Ayúdanos a estar despiertos y vigilantes, dejando atrás lo negativo: la desconfianza, el rencor, el egoísmo y miremos adelante para ver el nuevo horizonte de humildad, esperanza y anhelos fervientes de paz y amor. Gracias, Señor, por darnos la ocasión de recordar a santa Mónica, madre de san Agustín, honrada por sus extraordinarias virtudes cristianas, en particular por sus sufrimientos causados por el adulterio de su marido, y por la vida de oración que dedicó para la conversión de su hijo, quien escribió extensamente acerca de sus actos píos y de su vida con ella en sus Confesiones. Las leyendas cristianas populares cuentan que Mónica lloraba todas las noches por su hijo Agustín. Oremos por tantas madres, agobiadas en sufrimiento a causa de los hijos. Amén.
Un muy feliz y vocacional jueves, vivido en amor, servicio y disponibilidad.
Palabra del Papa
La parábola de la higuera que germina, como símbolo del verano ya cercano, (cf. vv. 28-29), dice que la perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Es esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeña de las virtudes, pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene «con gran poder y gloria» (v. 26), que manifiesta su amor crucificado, transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos, será el triunfo de la Cruz; la demostración de que el sacrificio de uno mismo por amor al prójimo y a imitación de Cristo, es el único poder victorioso y el único punto fijo en medio de la confusión y tragedias del mundo. (papa Francisco, Ángelus 15 de noviembre de 2015).
