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27-ago.-jueves de la 21.ª semana del T. O.

la perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza

Nuevo amanecer, nuevo día, nuevo rumbo y nuevos planes que nos regalas en este día, para vivirlo con alegría y con mucho optimismo. Tenemos salud y tenemos vida llena de optimismo. Bendito seas, Señor. Hoy queremos reafirmarte nuestra entrega y disponibilidad y con fuerza decimos que creemos en ti, que la sinceridad de nuestra fe debe ser avalada por nuestras obras. Ayúdanos a ser siervos sabios y fieles, de fe firme y de ferviente amor, que sigamos tu ejemplo. Tú nos ha llamado a la vida para ser felices nosotros mismos y para hacer felices a nuestros hermanos. Haznos conscientes de nuestra responsabilidad para con los demás. Ayúdanos a ser fieles siervos, cuya fe en ti se haga visible en obras de sincero amor, de entrega y disponibilidad. 

«Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás». Con estas palabras del salmo 144 te damos gracias y proclamamos las maravillas de tu amor. Ayúdanos a estar despiertos y vigilantes, dejando atrás lo negativo: la desconfianza, el rencor, el egoísmo y miremos adelante para ver el nuevo horizonte de humildad, esperanza y anhelos fervientes de paz y amor. Gracias, Señor, por darnos la ocasión de recordar a santa Mónica, madre de san Agustín, honrada por sus extraordinarias virtudes cristianas, en particular por sus sufrimientos causados por el adulterio de su marido, y por la vida de oración que dedicó para la conversión de su hijo, quien escribió extensamente acerca de sus actos píos y de su vida con ella en sus Confesiones. Las leyendas cristianas populares cuentan que Mónica lloraba todas las noches por su hijo Agustín. Oremos por tantas madres, agobiadas en sufrimiento a causa de los hijos.  Amén. 

Un muy feliz y vocacional jueves, vivido en amor, servicio y disponibilidad.

Palabra del Papa

La parábola de la higuera que germina, como símbolo del verano ya cercano, (cf. vv. 28-29), dice que la perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Es esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeña de las virtudes, pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene «con gran poder y gloria» (v. 26), que manifiesta su amor crucificado, transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos, será el triunfo de la Cruz; la demostración de que el sacrificio de uno mismo por amor al prójimo y a imitación de Cristo, es el único poder victorioso y el único punto fijo en medio de la confusión y tragedias del mundo. (papa Francisco, Ángelus 15 de noviembre de 2015).

nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene “con gran poder y gloria”
ORACIÓN 

Señor, a primera vista este evangelio me asusta, me produce respeto, incluso miedo. Pero quiero leerlo con la intención con que Tú hablaste de él.  No te va a ti el meter miedo, asustar, intimidar. Todo lo contrario: Nos hablas de tesoros y perlas; de comidas y banquetes; de brisas y no de huracanes; de bodas y no de entierros. Gracias, Señor, porque tú mismo lenguaje me ayuda a vivir.

Oración a Santa Mónica

«¡Oh, gloriosa y bendita Santa Mónica! Tú, que fuiste ejemplo de paciencia y piedad, ruega por nosotros. A ti recurro para depositar a mis seres queridos, pidiendo la gracia de la conversión, la fuerza para seguir el camino de Dios y la protección contra todo mal. Concédeme, querida Santa, la perseverancia en la oración para ver a mi familia regresar al Padre Celestial. Amén». 

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-27-de-agosto-de-2026 

En este evangelio el Señor nos habla de “vigilancia”. ¿Por qué hemos de estar vigilantes? Porque alguien importante va a llegar y debemos estar atentos a recibirlo. Ese personaje importante que va a llegar no es un enemigo, no es un fantasma, es Jesús, mi amigo, mi tesoro, mi vida. Este nos ha enviado a “trabajar en su viña”. La mejor manera de esperarlo es trabajando a gusto, estando contentos y satisfechos con aquello que hacemos, disfrutando de tener un Dueño tan maravilloso que no se limita a pagarnos un jornal sino a darnos la viña por herencia.  Por otra parte, no es lo mismo la espera de un soldado, agazapado en su trinchera, esperando con verdadero miedo el ataque del enemigo, que la espera de la esposa de un marinero que lleva ya meses sin volver a casa. En el primer caso, la espera está amenazada por la zozobra y la angustia; en el caso de la esposa la espera se convierte en expectación, nostalgia, júbilo ante el encuentro inminente. La idea de que Dios pueda venir a cualquier hora hace que algunas personas se pongan nerviosas y tengan miedo. Si dejo que Jesús me lleve a un amor más profundo de Dios, me doy cuenta de que no tengo nada porque temer porque soy capaz, en cualquier momento, de decirle a Dios: «Mira, Señor, aquí estoy, confío en tu misericordia».

«El reino de los cielos es semejante a un rey que celebra las bodas de su hijo» (Mt 22, 2) Tal vez nos dé miedo lo del ladrón en la noche. Oigamos esta bonita interpretación de Dolores Aleixandre: “Lo mismo que un ladrón viene en busca de algo valioso y se las arregla para encontrar el momento más oportuno, también Dios vendrá a buscarnos como quien se apodera de un tesoro, porque eso somos para Él. Y vendrá a buscarnos en el mejor momento”.