La noche y la luz del sol nos va anunciando [la llegada de] un nuevo día para llenarnos de ilusiones y buenos sentimientos, para abrir nuestros corazones y recibir tu palabra y poderte decir: «aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad», y ante todo comprender tu Palabra y tu mensaje.
La sabiduría divina es un don que procede del Espíritu Santo. El Espíritu nos da discernimiento y por eso nosotros deberíamos ser gente “espiritual”, movidos siempre por el Espíritu. Danos la capacidad de poder comprender tus designios de amor, que siempre serán justos y esperanzadores. Guarda siempre ante nuestros ojos tu ejemplo de autoridad que salva y cura, y que a nosotros nos compromete a salir de nuestra mediocridad.
Que ojalá seamos humildes, sencillos y entregados, deseosos de servir a nuestros hermanos a ejemplo tuyo. “¿Qué quieres de nosotros?”, ayúdanos a comprender esta pregunta desde la acogida, no desde el rechazo. Desde la acogida: que sea una apertura a tus enseñanzas de Maestro, a la voluntad del Padre celestial; dejar que él siembre en nuestros corazones los valores del reino.
Nuestro mes de septiembre, que hoy iniciamos, sea lleno de bendiciones, de tu presencia amorosa y misericordiosa; que nuestros hermanos en soledad y tristeza siempre encuentren consuelo en nuestra solidaridad y fraternidad.
Un muy feliz martes, con anhelos e ilusiones y lleno de optimismo.
Palabra del Papa
A su enseñanza, que despierta la admiración de la gente, sigue la liberación de «un hombre poseído por un espíritu inmundo» que reconoce en Jesús «al santo de Dios», es decir, al Mesías. En poco tiempo, su fama se extendió por toda la región que Él recorre anunciando el Reino de Dios y curando a los enfermos de todo tipo: palabra y acción.
San Juan Crisóstomo nos hace ver cómo el Señor «alterna el discurso en beneficio de los oyentes, en un proceso que va de los prodigios a las palabras y pasando de nuevo de la enseñanza de su doctrina a los milagros». La palabra que Jesús dirige a los hombres abre inmediatamente el acceso a la voluntad del Padre y a la verdad propia. No les sucedía así, sin embargo, a los escribas, que debían esforzarse en interpretar las Sagradas Escrituras con innumerables reflexiones. Además, a la eficacia de la palabra, Jesús unía la de los signos de liberación del mal (Benedicto XVI, 29 de enero de 2012).
