Alegre y bendecido despertar nos regalas, Señor, para alabarte y bendecirte y realizar tus obras.
Señor, tú nos llamas a la autenticidad y a la sencillez en algo que debemos realizar todos los días y que en este tiempo nos llamas a intensificar: la oración. Pero nos dices que para orar no son necesarias palabras bonitas ni muchas palabras; precisamente, de lo que estamos necesitados —en tan ruidoso y complejo momento— es de silencio, sobre todo, del corazón, que es el más difícil de conseguir; acallar la cantidad de ruidos que nos impiden escuchar el susurro de tu voz: rencores, afectos desordenados, mentiras, egoísmos…
Estos últimos son los primeros obstáculos que acuden a nuestra oración y que intentan desanimar nuestra práctica. Pero hay que dejarlos salir, que fluyan, que se manifiesten, aunque sean incómodos, porque no tienen la última palabra. Detrás de ellos surgen las mociones del Espíritu, la consolación del Padre celestial y la recompensa por parte de Él, como nos lo decías el miércoles de ceniza.
Tú nos proclamas tu palabra para nuestro bien, pero no podemos decir que de verdad la oímos si no sacude nuestras vidas y es proclamada con verdadero sentimiento de corazón. Sigue tú, Señor, hablándonos con tu palabra y abre nuestros corazones a ella, para que produzca fruto en nosotros cuando hacemos tu voluntad y la del Padre celestial y llevamos a cabo aquello para lo que hemos sido enviados. Inspíranos por medio de tu Espíritu para que —recibiendo tu palabra, meditándola y haciéndola vida en nuestros corazones— demos fruto abundante y así se cumplan las palabras que hoy nos regalas por medio del profeta Isaías: «así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».
PERDONEMOS DE CORAZÓN PARA SER PERDONADOS. Un muy bendecido martes, con los oídos del corazón abiertos y en silencio, para encontrarnos con el amor de Dios. A Nuestra Madre la Virgencita, la orante por excelencia, nos acogemos.
Meditación del papa Francisco
Así, pues, si hay alguien que puede explicar en profundidad la oración del «Padrenuestro», enseñada por Jesús, es precisamente quien vive en primera persona la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en los cielos, los padres pierden valentía y abandonan el campo. Pero los hijos necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos. Harán de todo por no admitirlo, para no hacerlo ver, pero lo necesitan; y el no encontrarlo abre en ellos heridas difíciles de cerrar.
La Iglesia, nuestra madre, está comprometida en apoyar con todas las fuerzas la presencia buena y generosa de los padres en las familias, porque ellos son para las nuevas generaciones custodios y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, de la fe en la justicia y en la protección de Dios, como san José. (S.S. Francisco, audiencia del 4 de febrero de 2015).
ORACIÓN
Padre de bondad, que estás en el cielo, te damos gracias por enseñarnos a orar con el modelo perfecto del padrenuestro.
Te pedimos perdón por las veces que hemos orado sin pensar, usando palabras vacías o repitiendo frases sin que nuestro corazón esté realmente contigo. Ayúdanos a hablarte con la sencillez y la verdad de un hijo que confía en su padre, sabiendo que Tú conoces nuestras necesidades antes de que las expresemos.
Que tu nombre sea santificado en mi vida hoy. Que tu reino venga a mi corazón y que tu voluntad se haga en mis planes, mis decisiones y mis acciones. Dame hoy el sustento necesario, ni más ni menos, y ayúdame a no caer en la tentación de lo que me aleja de ti, sino a ser librado del mal.
Señor, en este momento, te ruego que abras mi corazón para perdonar a aquellos que me han ofendido, de la misma manera y con la misma profundidad con que anhelo ser perdonado por ti. Quita de mí toda raíz de amargura y resentimiento. Hazme un instrumento de tu perdón.
Te lo pedimos todo esto, confiando en que Tú eres fiel. Amén

