Con alegría nace nuestra vida a un nuevo día, que gratuitamente nos concedes. Las oscuras nubes de la noche van pasando y nos muestra el clarear radiante del amanecer, para iniciar una nueva jornada. Señor, hoy te pedimos que —al igual que todos los días— tú vayas a nuestro lado y nos muestres el camino que hemos de seguir para amar, servir y compartir, haciendo tu santa voluntad.
Tu invitación en este día nos llena de alegría, porque nos das la ocasión de recibir personalmente la alegría en este banquete que es de esperanza, de fe y de caridad. Ayúdanos, Señor, para que no encontremos obstáculos que nos impidan llegar a esta felicidad que nos regalas haciéndonos partícipes. En esta ocasión no tenemos excusa y no podemos anteponer bienes, materiales o situaciones que sean más importantes que llegar a tu banquete. Ahora tenemos que escoger el traje de fiesta que quieres de cada uno de nosotros y que simplemente son las prendas de la unidad, la solidaridad, la comprensión y la armonía. Tenemos que ser conscientes que todos estamos llamados a ser partícipes de la vida del cielo: del banquete eterno, de la felicidad eterna. Revistámonos de piedad y de obras de caridad, que nos lleven a entregarte lo mejor de cada uno de nosotros. Amén.
Un muy feliz jueves vocacional.
PALABRAS DE LOS PAPAS
Con el relato de la parábola del banquete nupcial, del pasaje evangélico de hoy (cf. Mt 22, 1-14), Jesús perfila el proyecto que Dios ha pensado para la humanidad. El rey que «celebró el banquete de bodas de su hijo» (v. 2) es la imagen del Padre que ha preparado para toda la familia humana una maravillosa fiesta de amor y comunión en torno a su Hijo unigénito. Hasta dos veces el rey envía a sus siervos a llamar a los invitados, pero estos rechazan la invitación, no quieren ir a la fiesta porque tienen otras cosas que hacer: el campo, los negocios. Muchas veces también nosotros anteponemos nuestros intereses y las cosas materiales al Señor que nos llama —y nos llama para una fiesta. Pero el rey de la parábola no quiere que la sala esté vacía, porque desea regalar los tesoros de su reino. Dice, pues, a los siervos: «Id a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (v. 9). Así se comporta Dios: cuando es rechazado, en lugar de rendirse, relanza y manda llamar a todos los que están en los cruces de los caminos, sin excluir a nadie. Nadie está excluido de la casa de Dios. (…) Sin embargo, el Señor pone una condición: llevar el traje de boda. (…) El traje de boda (…) simboliza la misericordia que Dios nos da gratuitamente, es decir, la gracia. Sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana. Todo es gracia. (Francisco, Ángelus, 11 de octubre de 2020)
